En los días revueltos que vivimos en los que millones de migrantes se están moviendo por el mundo para intentar encontrar una vida mejor o, en algunos casos terribles, simplemente una vida, no podemos olvidarnos de cuando éramos nosotros los que cerrábamos la casa y marchábamos a buscar fortuna a miles de km.

La emigración vació los pueblos aragoneses durante décadas. La construcción de embalses en época más reciente o la necesidad de buscar el sustento lejos y encontrar unas condiciones de vida mejores que las que daba el medio rural en Aragón hicieron que muchos paisanos cogiesen las maletas: unos cuantos “bajaron” de la montaña a los pueblos de colonización o a las ciudades industriales de tierra llana; muchos embarcaron camino de Argentina, Brasil, Venezuela o los Estados Unidos a “hacer las américas”; otros cogieron el tren a Francia, Alemania o Suiza para crear la Europa que conocemos trabajando en sus fábricas…

Todos ellos y ellas dejaron atrás sus raíces, sus amistades y la vida que conocían para vivir una aventura con mayor o menor fortuna. Muchas casas quedaron cerradas para siempre y ahora son montones de piedras medio cubiertos por la maleza, pero otras no. Otras se reabren de verano en verano con los hijos y los nietos de los que marcharon, que vienen a pasar las vacaciones y hacen que los pueblos todavía sigan vivos, aunque solo sea por temporadas.

¿Por qué te contamos esto? Porque en El hortal de Bruno hemos conocido a algunas personas que han vuelto a Bagüés a conocer sus raíces, el pueblo donde vivieron sus antepasados y de donde salieron sus padres, abuelos o bisabuelos para no volver. Ahora ellos han vuelto y nos han hecho sonreír escuchando sus historias.

La nieta del cartero

Abres la puerta a una clienta alemana que te reservó por Booking, con la que crees que vas a tener que hablar en inglés (con suerte…) e inesperadamente se dirige a ti en perfecto castellano. “Qué bien hablas en español”… y como respuesta te cuenta que su abuelo era el cartero que hace 60 o 70 años repartía el correo en Bagüés. Le pedimos que nos explique más y nos dice que ella ya nació en Alemania pero que tuvo la suerte de que sus padres, que todavía hablaban castellano, le enseñasen el idioma (que luego ha perfeccionado) y que su madre aún se acuerda del pueblo.

Ahora vuelve a conocer Bagüés con su marido, un simpático estadounidense, y el hijo de ambos, un peque de tres años que se llama Bruno. ¡Lo que son las casualidades de la vida!

Casa Blajaca de Bagüés

Esta es Casa Blajaca, donde vivía el cartero. ¿Sería el bisabuelo de Bruno, el pequeño alemán que se alojó en nuestra casa?

Los bisnietos de casa Castán

Marchó a Argentina hace muchos años, buscando trabajo y una vida mejor, dejando atrás casa Castán, una de las casas históricas de Bagüés, y nunca pudo volver.

El año pasado una niña con acento argentino pisó por primera vez la casa de su bisabuelo acompañada de sus padres. Este año la familia completa ha regresado y ha vuelto a estar unos días en la tierra donde se hunden sus raíces: el hijo del que salió del pueblo, que nunca había regresado a pesar de su ya avanzada edad, con el padre de esa niña y sus otras dos hijas; y el resto de bisnietos y bisnietas del que se fue, que ahora andan repartidos por medio mundo (Chile, Estados Unidos y, más cerca, Barcelona).

Casa Castán de Bagüés

Casa Castán sigue siendo un edificio impresionante a pesar del paso del tiempo.

Vivir lejos de tu tierra, pero nunca olvidarla

Solo son dos historias que nosotros hemos conocido de primera mano, pero en Bagües hay muchas más. Desde que sus huertas y campos estaban cultivados, antes de repoblar los montes con pinos y antes de que llegase la primera carretera al pueblo, hasta el momento actual en el que solo hay 11 personas censadas el éxodo ha sido continuo. En agosto, mientras escuchamos las conversaciones en la calle de muchos hijos y nietos de los que se fueron, no podemos evitar una punzada de nostalgia pensando en lo que sería este pueblo con 200 o 300 habitantes.

En estos días revueltos en los que vivimos, en los que muchos intentan llegar a Europa en busca de sustento y son mirados con recelo, incluso con temor, deberíamos recordar que todos somos migrantes… o lo podemos ser.